Todos los estudiosos del Pórtico de la Gloria lo consideran obra única. Sus arcos cierran las naves catedralicias e introducen un nuevo lenguaje que comienza por dividir la anchura de la central con un esbelto parteluz que sostiene un gigantesco tímpano en cuyos dinteles se grabó el epígrafe que recuerda su colocación por el maestro Mateo el primero de abril del año 1188, es decir, a los veinte años de la donación de Fernando II. Los pilares, con basamentos zoomórficos, se articulan con columnas de fustes lisos o decorados, de granito o mármol, con variados capiteles que sirven de soporte a un orden de innovadoras estatuas-columna que representan a personajes del Antiguo y Nuevo Testamento. Éstas se repiten en la contraportada para soportar los arcos formeros y fajones, así como los nervios de las bóvedas cuatripartitas que cubren el amplio nartex en el que los fieles se sitúan para participar de la visión apocalíptica que en el pórtico se desarrolla magistralmente.
Ese naturalismo tiene su origen en el arte francés contemporáneo del maestro Mateo, en especial en Saint-Denis. Dota a sus figuras de nuevas proporciones, estudia su anatomía a través de los paños, revela su estado anímico con sus gestos y alcanza su cota más elevada en la paradigmática sonrisa de Daniel, en el ensimismado rostro de Santiago, o en la animada conversación de los Ancianos. Tan ingente e innovadora obra se debe a un taller en el que intervienen manos diversas. La policromía realzaba el conjunto de los elementos del pórtico cuidándose de su repinte a lo largo de los siglos, aunque en ciertos puntos todavía se conserva la original.
Entre estos capiteles está sentado en su cátedra el apóstol Santiago. En la cartela que sujeta con su mano derecha se leía “Me envió el Señor”; la izquierda, la apoya en un báculo en tau. Una aureola de bronce con cabujones de vidrio orla su cabeza. A su altura se encuentran las estatuas-columna que representan a profetas, apóstoles y otros personajes, a veces, de identificación difícil al haberse borrado las cartelas que los identificaban. En la contraportada se disponen de uno en uno y seguían en la desaparecida fachada; bajo los arcos laterales, en parejas; en el central, en grupos de cuatro: profetas, a la izquierda; apóstoles, a la derecha, con un significativo emparejamiento entre ambos lados. En la ejecución de estas estatuas trabajó el propio maestro Mateo, así como otros escultores de su taller.
Un enorme Cristo sedente que muestra sus llagas preside el tímpano, lo rodean ángeles turiferarios y los evangelistas, superpuestos en dos registros y acompañados de sus respectivos signos. Sobre los dinteles los ángeles portan las “arma Christi”, es decir, los instrumentos de la Pasión. Sobre ellos se disponen los bienaventurados. Los que proceden del arco izquierdo, en el que se representa al pueblo judio y la anástasis de Cristo al seno de Abrahan, fueron coronados en el tránsito hacia la visión del Cordero; los que llegan desde el derecho, donde se representa el juicio final, reciben su corona al llegar a la gloria, mientras lo adoran. En el arco se sientan los veinticuatro Ancianos que templan sus instrumentos musicales de cuerda al tiempo que, alguno, sostiene una redoma con el perfume de las oraciones de los santos. Frente al tímpano, en la contraportada, serafines y ángeles adoran al Cordero y dan unidad espacial al conjunto.
